21.11.08

Repetición

El día más triste en la vida de Jaime fue por su décimosexto cumpleaños. Sus amigos y familiares le prepararon una fiesta sorpresa en su casa; cuando volvió del instituto ahí se encontró con toda la fiesta. Detestaba las fiestas sorpresa, pero se esforzó por sonreír y ser amable y atento con todos los asistentes. A todos les extrañó la ausencia de sus padres, pero creyeron que igual tenían preparada una súper-sorpresa.

Pasó el rato y los padres de Jaime seguían sin aparecer. De la expectativa se pasó pronto a la preocupación, y más aún cuando llamó alguien (quizá un policía, tal vez un médico, Jaime no lo recuerda con claridad) y le dijo a Jaime que sus padres habían tenido un accidente de coche y habían fallecido. Sus cuerpos se encontraban en tal hospital. Cuando Jaime colgó con mano temblorosa y se giró hacia los demás, hacia la fiesta, la mayoría hablaba a voces entre ellos, con estúpidos sombreros de papel de colores, refresco servido en vasos de plástico blanco y música de moda a un volumen medio. Nadie pareció percatarse de que el mundo se estaba hundiendo para Jaime, lo cual no hizo más que hundirlo más.

En cuanto cayó de rodillas al suelo entre sollozos, se le prestó más atención, aunque los gorros de colores, la música de moda, las mesas con aperitivos, las hileras de banderitas precomunitarias y las botellas de productos cocacola alineadas seguían ahí. Si os tienen que dar una noticia pésima, un entorno como el descrito es sin duda el menos aconsejable. Fue un velatorio extraño. La gente le daba el pésame con el gorrito del cumpleaños aún puesto. Jaime miraba al suelo hundido en su dolor y veía confeti. Un amigo suyo, Alberto, con la intención de quitarle hierro al asunto y con torpeza quinceañera, le dijo: "bueno, mira el lado positivo: te has emancipado con sólo dieciséis años... je..." Fue una soberana estupidez. Jaime le partió el tabique nasal de un puñetazo. Alguien los separó.

Jaime y Alberto nunca se volvieron a ver. Alberto se arrepiente día sí día también de haber dicho semejante gilipollez, y echa de menos a Jaime. Lo llamaría, pero está seguro de que lo detesta. Jaime se arrepiente de haberle pegado, y echa de menos a Alberto. Seguro que lo hizo para animarlo y romper el oscuro manto de dolor y pesadumbre que cubría la casa. Lo llamaría, pero está seguro de que lo detesta. Si alguno de los se hubiera decidido a hacer el gesto, ahora mismo serían amigos inseparables y todo les iría mejor, pero ellos qué coño sabrán.

Pasado un año, lo tenía ya medio superado. Aunque su cumpleaños número diecisiete no fue tampoco muy bueno. Se sentía triste porque todo le recordaba a sus padres y cuando le daban un regalo sentía como si se lo dieran conmemorando ese evento. Así se lo dijo a sus amigos: "Me siento triste porque todo me recuerda a mis padres y cuando me dais un regalo me siento como si me lo dierais conmemorando ese evento". Sus amigos decidieron no llamarlo más por su cumpleaños, haciendo lo posible por no entristecer a Jaime. Tampoco le regalaron nada en los cumpleaños venideros, por el mismo motivo. Lo que no sabían es que todo ello no hacía más que deprimir más aún a Jaime. Lamentaba haberles dicho aquello.

Así se lo dijo a su novia, Lidia, a los veinticinco años: "Lo que no sabían es que todo ello no hacía más que deprimirme. Lamento haberles dicho aquello". Ella tomó nota y cada vez que fue el cumpleaños de Jaime hacía una gran fiesta (no sorpresa, tuvo esa delicadeza) con mucha gente y muchos regalos.

El día en que Jaime cumplía 27 años, su mujer dio a luz. Gemelos: un niño y una niña. Consciente de las cosas que deberían pasar por la cabeza de su ya marido, Lidia le dijo: "Considéralo una restitución. Hace once años te arrebataron a tus padres y ahora te dan dos hijos. Estás en paz". A Jaime todo ello le pareció una estupidez. Lidia era bastante mística, Jaime bastante escéptico. Sin embargo, Jaime empezó a mirar de un modo extraño a sus hijos. A veces le veía a ella rictus de su madre, a veces a él expresiones de su padre. Era inquietante. Lidia se dio cuenta de su inquietud. Se crearon diversas situaciones... digamos... tensas.

Así se lo dijo a su abogado, el día en que cumplía 30 años: "Era inquietante. Lidia se dio cuenta de mi inquietud. Se crearon diversas situaciones... digamos... tensas". El abogado le contestó que lo mejor sería que se declarara culpable del triple homicidio porque intentar pasar por inocente sólo hubiera complicado las cosas, teniendo en cuenta que había como treinta testigos que vieron la sangre y las vísceras manchando los gorros de colores, la música de moda, las mesas con aperitivos, las hileras de banderitas precomunitarias y las botellas de productos cocacola alineadas.

Si os tienen que matar, un entorno como el descrito es sin duda el menos aconsejable.

3 comentaris:

Jordi ha dit...

Uala, que Sam Peckimpah no? Al Simon li agradaria.
La crida del bosc ha tingut efecte: mola!

Eos ha dit...

No hay nada más que decir:

IMPRESIONANTE...

Igual cuando de repente se mueren tus padres en plena Navidad...

A ver si un día yo también exploto en estas fiestas de paz y perdón... ;)

Gracias.

koko de kisu shite ha dit...

Em trec el barret... Bonissim!!

Que real com la vida mateixa.... quan es diuen les coses.. perquè parlem, i quan callem.. perquè no les diem...